La historia es manida y previsible. Los actores tienen una capacidad interpretativa nula. Los diálogos parecen improvisados sobre la marcha. Y el montaje de las escenas de acción deja mucho que desear. Aún así, Los mercenarios es una buena película. Mejor dicho, una buena mala película. Porque quien esté dispuesto a pagar el precio de la entrada por ver el cacareado proyecto de Stallone como director no se verá defraudado. Golpes, sangre, huesos rotos, explosiones, tiros, chascarrillos, testosterona… Todo eso tiene Los mercenarios y nada más. Ir en busca de otra cosa que se salga de ese guión preestablecido para este tipo de películas sería una auténtica estupidez.
No están todos los que son o han sido, pero, salvo sonadas ausencias en esto del cine de golpes (se echa de menos al melenudo Steven Seagal y al elástico Jean-Claude Van Damme), la película cuenta con un reparto que reparte como el que más. Sylvestre Stallone y Jason Statham comandan a un grupo de viejas glorias compuesto por Jet Li, Dolph Lundgren, Mickey Rourke (aunque éste no se mancha las manos) y algún musculoso más sin tanta fama ni gloria. Eso entre los buenos -por llamarles de alguna manera-. Entre los malos, la cabeza visible es Eric Roberts. ¿Sabrá el hermano de Julia hacer de otra cosa que no sea de mafioso?
La película no da para mucho más que para apagar la neurona y tomarse todo a broma. No hay otra forma posible de disfrutarla y no salir del cine con un cabreo monumental. Si el espectador es capaz de tomárselo así, disfrutará de un buen rato de cine de acción y de baja calidad. Ver en una misma escena a tres mitos como Bruce Willis, Sylvestre Stallone y Arnold Schwarzenegger es todo un lujo por el que merece la pena desembolsar el precio de la entrada.
(M. J. Arias)
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